Cómo no es Dios

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Por Juan Ramón Vera Rodríguez


Enrique, el sacerdote, se quedó dormido después de acusarse ante Dios, por masturbarse pensando en el sacristán, un moreno de treinta y tantos años, diez menos que él. No podía evitar sonreír mientras miraba o se imaginaba sus nalgas apretadas por esos jeans modernos. Se acusaba también de tener la ilusión de tenerlas entre sus manos, las mismas manos que elevaban el cuerpo y la sangre de Cristo.

Y estando dormido, supo que salía de su cuerpo. No se asustó, porque lo seguía sintiendo. Su respiración, sus gruñidos intestinales y la erección de la madrugada. Pero no sabía si subía o bajaba, o iba hacia un lado para darle la vuelta a la Tierra. Solo supo que se alejaba.

De repente, sintió un aluvión de pensamientos invadiéndole. Al instante, una voz: “No debería estar aquí, Enrique”. Enrique, asegurándose que era un sueño, no dijo nada ni se asustó. “Enrique, hijo, no debería estar aquí. Su cuerpo está funcionando muy bien a pesar de tanto vino y cigarrillo. No debería estar aquí”. “¿Me habla mi consciencia?” se atrevió a preguntar el cura. “Me dicen así, que soy la voz de la consciencia, pero no, la consciencia de cada uno se forma según ustedes van creciendo. En cambio, yo existo desde siempre, desde antes de todos los universos y voy a seguir aquí, después de todos los universos”. “Entonces, estoy hablando con Dios”. “Sí. Me gustaría hacer alarde de ser su creador, pero en realidad los humanos son el producto de las inclemencias naturales y el tiempo, que actúan como cincel y martillo”. “O sea que sí somos productos del azar”. “No. El azar es una buena explicación cuando la escala del tiempo es tan pequeña, como la de ustedes. Yo he acomodado ciertas condiciones como la gravedad en ciertos lugares del universo, en cierto punto del tiempo. Pero como yo puedo ver todo el tiempo, sé de inmediato cuál es el producto de esa acomodación de condiciones”.

Enrique guardó silencio. El sueño le pareció tan difícil por cuenta de lo que le decía la voz, que deseó despertar. Pero la voz, volvió: “No debería estar aquí. A menos que algo lo agobie de verdad, y desee consuelo”. “¡Sí! Deseo consuelo”, dijo Enrique y guardó silencio. Un momento después, la voz volvió: “Pero debe preguntar. Descubrir la razón de eso que agobia y darle forma. No es con magia”. Hubo otro silencio, en el que el sacerdote se preguntó por el tiempo que habrá pasado en su escala humana. Dudó de empezar a preguntar por unos instantes y empezó a sentir miedo. Aún así, se convenció del amor de Dios para todas sus criaturas y se decidió: “Dios ¿cómo hago para dejar de ser homosexual?” “¿cuál es la razón para dejar de serlo?” “¡¿cómo?! ¡¿por qué?! ¡Pues porque es pecado, porque atenta contra la naturaleza, porque es una aberración para ti, mi Dios!” “Los pecados no existen, Enrique. Por lo menos, no para mí. Son producto de sus interpretaciones del mundo. El concepto de pecado, tal vez sirva para que las personas se formen una consciencia y se reprendan a la hora de hacerse daño, pero no más. Por otro lado ¿Cómo puede ser una aberración para mí la homosexualidad? Nada de lo que pasa, ha pasado o pasará, es una aberración. Todo es como yo, simplemente, ES”.

Enrique vio claramente las dos letras mayúsculas en su pensamiento. Y Dios continuó:

“También es cierto que nada es una aberración para mí, porque no tengo sentidos como los de ustedes. No tengo voz, soy solo pensamiento. Por eso tampoco tengo razón para ser homofóbico, ni clasificarlos a algunos de ustedes como superiores a otros, o que haya algún pueblo elegido, o linajes superiores, tampoco que coja sus almas y las haga vivir, reencarnar, una y otra vez”.

Hubo otro silencio. Muy largo para la escala del tiempo humana. Enrique sintió alivio y recordó algunas de las preguntas que siempre habían martillado su fe. Hizo una: “¿Quién te hizo? ¿De dónde vienes? ¿Cuál es tu origen?” “Existen respuestas para esas preguntas, pero el pensamiento humano es muy rudimentario en el punto temporal del que vienes. En ninguna de sus lenguas existen las palabras adecuadas para expresarlas. Ese lenguaje empezará a aparecer en algunos miles de años”. “Entonces ¿Qué debo hacer con mi homosexualidad? Soy tu sacerdote…” “las religiones son un invento de ustedes y deberían existir para darse consuelo, es decir, ser un espacio para preguntarse y responderse, pero sin invenciones condenatorias como el infierno y sin parámetros de superioridad o de inferioridad. Y, aunque recibir respuestas de mi parte ayuda, el cuerpo y la creatividad son suficientes para encontrar gozo y consuelo, ahí está la respuesta. Por eso, Enrique, usted se siente bien cuando se imagina gozando en el cuerpo del sacristán. Ya es hora de regresar…” “¿Cómo nos ayudas?” “¿Ves estas burbujas? Son pedacitos de mí. Les ayudan a tomar decisiones. Pero no los voy a salvar de la muerte mágicamente. La muerte es necesaria y deben aceptarla”.

De repente, una sensación placentera despertó a Enrique. Abrió los ojos. Se asustó un poco al ver que el sacristán le chupaba el pene, pero la delicia que le recorría el cuerpo le hizo sonreír, y se dejó llevar por el gozo y por saber cómo no es Dios.

 

Sobre el autor de este disparate:

Profe de montaña, escritor por terquedad, papá y esposo por amor. 

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