Birmania, de una democracia fallida a un golpe militar

portada Victor de Currea columnista

Por Victor de Currea – Lugo


Cuando llegué a Yangón, antigua capital de Birmania, una de las cosas que más me sorprendió fue el astronómico coste de un celular. Los amigos locales me explicaban que esa medida había sido tomada por las autoridades militares de ese entonces con el fin de garantizar que muy poca gente tuviera acceso a la comunicación.

De Birmania se sabe poco, tanto porque están cerrados al mundo exterior como porque la comunidad internacional no lo prioriza en sus agendas, así allí esté ocurriendo un éxodo de refugiados, un genocidio o más recientemente un golpe militar.

Este país fue creado tras la Segunda Guerra Mundial y, siendo una colonia de Reino Unido, en 1948 obtuvo su independencia; pero desde 1962 hasta 2016 fueron los militares los que tuvieron el poder.

Myanmar fue el nombre dado por los militares al país que todavía se conoce como Birmania en muchas partes del mundo. Tiene fronteras con China y con India y está construido sobre la base de un mosaico de minorías.

En 1974 se convirtió en “República Socialista” con la cual afianzó de manera simbólica sus lazos con su vecina China. En 1988 hubo una gran represión contra las protestas que se desarrollaron y con la que perpetuó su talante de resolución de conflictos internos por medio de la violencia.

Las fuerzas militares en este país han estado involucradas con el poder económico y el político. De hecho, una reforma constitucional que se da en el año 2008 otorga a los militares el 25% de los escaños en el Parlamento, en donde adicionalmente se requiere más del 75% para hacer modificaciones constitucionales con lo que las mismas se hacen imposibles.

Ahora, tras el golpe de Estado, utilizan la figura de una “temporalidad democrática” ya que anuncian devolverán el poder a los civiles cuando se realicen unas elecciones que ellos no consideren fraudulentas.

Birmania, ese caleidoscopio de culturas, religiones y etnias; tiene como principal grupo a los bamar, de donde se deriva el nombre actual del país, y otros importantes son los chin, kachin, karen y los tristemente abandonados rohingya.

Varios de esos grupos étnicos han desarrollado partidos políticos y en el caso de los kachin, karen y los rohingya incluso han creado brazos armados para enfrentar los ataques del Gobierno militar y centralista birmano.

El caso más doloroso es el de la comunidad rohingya perseguida desde 1990 cuando la convirtieron en ilegal acusándola de tener su origen en Bangladés, país fronterizo, y, por tanto, le retiraron a todos su condición de ciudadanos. Esto los hizo ser la comunidad apátrida más grande del mundo.

El ataque contra ellos ha estado coordinado por los militares en el poder, por las autoridades centrales y hasta por los grupos budistas que, como pude observarlo durante mi estadía allí, se han adueñado de sus tierras.

La situación de los rohingya es tan compleja que ni siquiera el papa Francisco I, cuando visitó Birmania, se atrevió a usar el nombre de esa comunidad en público. Ahora, con el golpe militar, la vulnerabilidad de esta etnia, históricamente perseguida, aumenta.

Algunos analistas han planteado su preocupación por los rohingya, lo cierto es que desde 1990 no han contado en el panorama internacional, ni siquiera en los países vecinos que se han visto afectados por su éxodo, así que es difícil que ahora sean un factor determinante para poner fin al golpe militar.

Suu Kyi: la dama (de hierro)

Tal vez la figura más conocida de Birmania en el exterior es Aung San Suu Kyi, premio nobel de paz e hija de un general muy famoso en la historia reciente. Durante 15 años estuvo en arresto domiciliario por enfrentar a los militares. Cuando le fue otorgado el Premio Nobel de Paz en 1991 ni siquiera pudo obtener permiso para ir a recibirlo porque esto simbolizaba precisamente la lucha contra el régimen militar.

Suu Kyi fue formada en Reino Unido, donde nacieron sus hijos, y construyó un imaginario de democracia alrededor suyo. Sin embargo, una de las grandes críticas que se le hacen es su desconocimiento a las minorías del país, la complicidad con las prácticas genocidas del ejército contra los rohingya, en especial en el año 2017.

Por estas razones, algunas organizaciones habían pedido en Noruega que se le retirara el Premio Nobel de Paz que le otorgaron. Luego de su liberación a finales del año 2010, volvió a la actividad política de masas, lo cual le permitió a su partido (la Liga Nacional por la Democracia) ganar las elecciones en 2015.

El afán de detenerla por parte de los militares es tan grande que la reforma constitucional realizada en 2015 establece que una persona que tenga hijos en el extranjero no tendrá derecho a ser presidente de Birmania. De esta manera, la dama, como se le conoce y como ha sido llevada al cine, queda excluida de la posibilidad de ser presidenta.

A pesar de todos los intentos para impedir su presidencia, fue creado un cargo equivalente al de primer ministro, en el cual realmente reside el poder político en Birmania. Y Suu Kyi se estuvo en ese cargo desde 2016 hasta ahora.

El golpe militar en febrero 2021

Birmania no es un país donde hayan gozado de prácticas democráticas interrumpidas por gobiernos militares, sino todo lo contrario: han sido unos pocos espacios de apertura los que han salpicado una larga trayectoria de gobiernos militares.

Podemos decir que ese pequeño intervalo entre 2016 y el 2021 no logró tampoco consolidar una propuesta democrática efectiva. Dicho de otra manera, a pesar de los avances en las formas y en las elecciones, las minorías y muchas regiones de Birmania no se vieron impactadas por la ola democrática.

Por los mismos días en que se produjo la elección del presidente Joe Biden en los Estados Unidos y que fue rechazada por Donald Trump acusando fraude, se produjeron también las elecciones en Birmania, ganadas por la Liga Nacional por la Democracia con amplia mayoría. Al mismo tiempo, se evidenció el tan bajo apoyo que tienen los partidos políticos promilitares.

El nuevo parlamento comenzó a ser cuestionado por los militares al punto de que el 26 de enero uno de sus voceros manifestó en público que el Ejército no afirmaba que se fuera a producir un golpe militar, pero que tampoco lo negaba.

Antes de que se posesionara el nuevo parlamente, un desfile de carros militares se encargó de la captura de los principales líderes del Gobierno civil, de mucho de los parlamentarios que iban a posesionarse y de garantizar el cierre de las comunicaciones, de los bancos y del Internet.

Esta acción por parte de los militares trata de justificarse en un aparente fraude que, sin embargo, la comisión electoral había negado al no encontrar fundamento. Ahora el nuevo presidente es el general Myint Swe; pero este cargo es meramente protocolario, el verdadero poder recae sobre el general Min Aung Hlaing. Inmediatamente los militares tomaron el poder, destituyeron a los 24 ministros y viceministros.

Reacciones internacionales y enseñanzas

La comunidad internacional salió a rechazar el golpe de Estado e incluso, como en el caso de Estados Unidos, a proponer sanciones económicas. Muchos pidieron la liberación de la premio nobel así como el retorno de la frágil democracia que se vivía.

Las acciones que pueda emprender la comunidad internacional, en términos de bloqueos económicos, solo agravarían la situación de unos de los países más desiguales del mundo: Birmania. La clave no está en Europa ni en Estados Unidos, hay que buscarla en China.

Recuerdo, en mi visita a las minas de jade en la frontera con China, como el Gobierno de Beijing tenía excelentes relaciones tanto como con el gobierno militar como con los grupos armados en su contra: lo importante era mantener el control.

Además de ese doble juego y del gran dominio chino en Birmania, eran palpables los altos niveles de pobreza y la marcada inequidad social. En una investigación conducida durante cuatro meses por una ONG humanitaria se encontró una prevalencia de sida entre los mineros cercana al 90%.

El Gobierno chino ha salido a invitar a las dos partes a buscar una solución a la disputa, curiosamente no condena el golpe militar y, dentro de su histórico discurso de neutralidad y de respeto por los asuntos internos, se abstiene de tomar partido.

El bloqueo económico no tendrá ningún resultado efectivo, como en el caso de Corea del Norte, porque a pesar de todas las medidas en su contra, sobrevive precisamente gracias a sus relaciones con China. En Birmania no será diferente.

Los intereses de China son claros: el gas y el petróleo, además de un proyecto de construcción de un ferrocarril que atravesaría todo el país desde el occidente de China hasta cerca de la frontera de Birmania con Bangladés. Por eso, el impacto regional de ese golpe militar estará neutralizado por la actitud china y se sentirá de manera puntual con un aumento de refugiados de Birmania hacia países como Tailandia y Bangladés, un fenómeno que no sería novedoso, sino más de lo mismo.

Hay quienes dicen que el golpe militar en Birmania es anacrónico; pero esta práctica se sigue viendo en el mundo, como el fallido intento en Turquía en 2016 y el consumado en Egipto en 2013. En ambos casos, al igual que en Birmania, los militares citan su Constitución política para erigirse como guardianes del Estado.

Con el golpe sin duda aumentará la crisis de derechos humanos que tampoco es una novedad en este país. La invocación a la Corte Penal Internacional para que haga frente al genocidio contra los rohingya no tendrá mucho vuelo en la medida en que China protegería este país y haría los vetos necesarios ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, como lo hizo ante el genocidio de Dafur en Sudán.

Queda sobre la mesa qué tan democrático era el proceso de transición, de un gobierno militar a un gobierno civil (desde 2016 hasta nuestros días) especialmente al constatar que los militares no renunciaron al poder y mantenían un veto, en un país donde las minorías no son reconocidas y la ONU habló de limpieza étnica contra los rohingya, mientras la desigualdad social permanecía e incluso aumentaba.

En esa imposibilidad de crear un proceso colectivo pesan mucho las reivindicaciones étnicas frente al Estado central y esto a veces más que una solución es un lastre. Así mismo pesa la manipulación religiosa que ha permitido que el budismo desarrolle grupos paramilitares contra los rohingya y, finalmente, que el Estado central defina todo en términos de la guerra contra el terror negando que exista un conflicto social y armado.

PD: La imagen más vista del golpe militar en Birmania fue grabada mientras una profesora de aeróbicos hacía sus ejercicios y al fondo cruzaban los carros militares: una excelente metáfora para otras sociedades donde el autoritarismo se moviliza mientras la sociedad está de espalda a la realidad. Fin del comunicado.

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