Joseph Urrego: más que un titiritero, un artista integral

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Joseph Urrego Clavijo es un artista poco común, una especie de ser anacrónico que a lo largo de su vida ha plasmado sus pensamientos a través de diferentes disciplinas como las artes plásticas, el teatro, los títeres y la cuentería. Aunque no nació en el Tolima se siente de aquí, lugar donde ha desarrollado su profesión artística y también su papel de padre.

Sobre de su vida, lo que le apasiona y cómo terminó viviendo en Ibagué, nos cuenta en la siguiente entrevista, la cual nos concedió con esa amabilidad que lo caracteriza, hay que decirlo.

Ojo Público: Joseph, cuéntanos un poco de ti. ¿Cómo fue ese encuentro con el mundo del arte?

Joseph Urrego: Yo soy de este mundo, hijo de campesinos, nací en un municipio del departamento de Cundinamarca llamado Ubalá, allí vivíamos con mi familia en la pata del cerro, “el volcán amarillo” le decían, en la vereda Sión, aunque desde muy pequeño mis padres me llevaron a vivir a Bogotá.

Mi encuentro con el arte fue a través de mi familia, por un hermano de mi mamá, mi tío Vidal, el cual imitaba a otras personas, lo que para mí resultaba  muy curioso pues hacía voces tanto de mujeres como de hombres, sobre todo de quienes tenían alguna característica como la voz ronca o muy aguda, eso a mí me causaba tanta curiosidad que incluso quise conocer a esas personas a las cuales él imitaba. Pasado un tiempo fui a visitarlo, le pregunté sobre esos remedos que él acostumbraba hacer; cierto día me dijo que lo acompañara y en el camino comenzó a imitar a la gente que nos íbamos encontrando, allí me di cuenta lo bien que los remedaba, cosa que me dejó muy sorprendido, aunque yo había visto humor en Bogotá y los show de Pacheco y cosas por el estilo que no me parecían tan extrañas, pero lo de mi tío sí porque lo hacía de una manera muy natural, entonces eso me marcó mucho.

En el campo de la narración, fue gracias a un familiar de mi mamá también, él vivía en Bogotá y era cuentero; cuando nos iba a visitar al pueblo nos contaba historias de terror que nos asustaban mucho, me parecían muy reales, yo tenía unos 4 o 5 años; por otro lado, mi mamá y sus hermanas iban a la iglesia y hacían parte del coro, incluso mi mamá tocaba el tiple, además el hermano de mi abuelo era músico autodidacta y vivía en Boyacá, tocaba bien la bandola y un poco el requinto; mi mamá tenía la fortuna de irlo a acompañar junto con los hijos de él a dar serenatas nocturnas en las veredas cuando de alguna ocasión especial se trataba, y digo que mi madre tenía la fortuna de poder hacerlo porque en esa época era mal visto que las mujeres pertenecieran a un conjunto musical, creo que eso también influyó en mí, porque además muchos de mis familiares eran músicos, como un primo con el cual mantenía y que tiempo después se fue a vivir donde mi abuelo donde yo también vivía, dando lugar a tertulias donde se tocaba música de cuerda por la cual siento mucho aprecio, lamentablemente no tengo la facilidad para interpretar un instrumento de cuerda, por eso uso la armónica, la cual hace parte de mi trabajo en los montajes de títeres.

A la edad de ocho años conocí una niña, yo vivía en esa época en Bogotá, en ese momento ya pintaba, hacía caricaturas que salían en los periódicos pero en forma de tarjetas con la intención de dárselas a esa niña que además era mi vecinita, aún recuerdo su nombre, Cecilia Mahecha se llamaba, entonces creo que la influencia o el impulso que me llevó a acercarme a la pintura fue el cariño hacia aquella niña, ese interés por conquistarla. Cuando estaba en la escuela comencé a colaborar a mis compañeros con la realización de las carteleras y así me ganaba una gaseosa o

algunos centavos que alcanzaban en esa época para muchas golosinas; más adelante me fui encontrando con pintores de barrio o estudiantes de artes de la Universidad Nacional, hasta llegar a la universidad y conocer la escuela de bellas artes donde hice parte del equipo del centro cultural con un taller de títeres junto con enrique Vargas, en ese momento conocí una escuela que habían formado algunos estudiantes y algunos profesores que daban clases allí para el que quisiera participar; yo no tenía dinero pero sí mucho interés, por lo que me permitieron estudiar y más adelante participar en algunos proyectos. Lo importante de todo eso es que en ese lugar comencé a conocer sobre técnicas de pintura, algo de grabado y la escultura en cobre. Más adelante me adentré más en ese conocimiento de cómo fundir los metales y las aleaciones entre ellos,  eso lo hacía en un taller de obrero con el fin de aprender más, prácticamente me dediqué a ser un obrero para poder saber cuál era el método para lograr ciertas cosas, volviéndome casi un experto en ese campo. Luego comencé a copiar obras y hacer retratos hasta llegar finalmente a Ibagué donde comencé a experimentar con una técnica que me llamó la atención que se basa en el reciclaje, de ir recogiendo elementos de la basura para convertirlos en propuesta de arte, por lo que yo no suelo recurrir a esas técnicas ortodoxas convencionales sino que encuentro un valor en lo que la gente desecha y le llama basura y finalmente lo transformo en arte. El encuentro con el arte son todas esas primeras impresiones que quedan en mi mente para luego irme acercando a varios pintores famosos a través de la historia como Picasso, Van Gogh, las obras de Miguel Ángel, y comienzo a escudriñar cosas del naturalismo, del cubismo y muchas de esas escuelas; digamos que no esas escuelas no me apasiona en sí, me apasiona es la vida de esos pintores, por ejemplo el caso de Picasso que se va para el África y se entusiasma por la máscara y comienza a desdibujar siendo él era un buen retratista, dando origen a lo que se conoce como cubismo, entonces hay una gran influencia constante debido a que yo no me detengo sino que siempre estoy investigando sobre lo que hacen los artistas.

O.P: Hace 30 años  vives en Ibagué. ¿Cómo llegaste?

J.U: Todo fue producto de un desamor. Yo vivía en Bogotá con una compañera que me apoyó de muchas maneras; cuando hubo la ruptura con ella yo quedé con un vacío muy terrible, entonces comencé andar por muchas partes; estuve en el Huila por unos meses, luego regresé a Bogotá, de ahí salí en compañía de mi papá a vivir en melgar en un lote que él había comprado y quería construir; esa lejanía me ayudó muchísimo para superar la ruptura con mi excompañera. Estando en Ibagué conozco un poeta que le decían “el loco”, quien sabía que yo tenía un cabañita a las afueras de Bogotá; un día nos pusimos a departir y salió el tema de conversación sobre la cabaña y una casita que él tenía en Ibagué, por lo que me propuso un trato, diciéndome: “hagamos una permuta, te quedas con mi casa y yo me quedo con tu cabaña”, y así fue como se concretaron las cosas. Me pareció fabuloso porque la casa quedaba a la orilla del río, con el canto de las aves, con un lote para poder sembrar, entonces me dispuse a irme con él para Bogotá para finiquitar el trato, ambos estábamos muy contentos por el acuerdo, luego me regresé para Ibagué con una compañera con la cual tuvimos una hija y vivimos aquí hace ya 30 años. Con el tiempo me fui relacionando con el movimiento artístico de la ciudad, con grupos de teatro, con la galería Viva el Arte, y empiezo a conocer poetas comenzándome a integrar con ellos en diálogos y tertulias, conociendo todo este mundo artístico donde somos como una gran familia sin importar las diferentes disciplinas que tenga cada quien, lo cual ha sido como una preocupación para mí, el lograr hacer lazos de hermandad.

O.P. Artes escénicas, artes plásticas y cuentería, disciplinas que hacen parte de tu vida. ¿A cuál le tienes más cariño?

J.U: Sí, es una trilogía, son tres hilos; esas tres disciplinas tienen el mismo cariño, cada una tiene una característica diferente; las artes escénicas son toda una adrenalina, donde tuve la oportunidad de montar en zancos, algo emocionante y riesgoso, tarea que hice por mi cuenta, hasta la elaboración de los mismos zancos, influenciado por el Teatro Taller de Colombia pero antes por un teatro internacional que había llegado procedente de Dinamarca, con ellos me acerqué más a los zanqueros, sin olvidar que tiempo atrás había visto payasos montar en zancos y esto me marcó de alguna manera. Habiendo estudiado teatro, me dispuse a practicar muchísimas veces antes de comenzar hacer presentaciones en el barrio y de organizar una especie de grupo teatral donde enseñé a los muchachos del mismo barrio, labor que recuerdo con cariño; tiempo después me comienzan a incluir en presentaciones teatrales a medida que yo también hago lo propio, pero cuando conozco los títeres inicia esta nueva pasión porque me permite otra dinámica de acercamiento al público y de expresar mi pensamiento incluso con humor, de poder lanzar preguntas y recibir respuestas; digo que todo esto fue emocionante porque una vez saqué un teatrito por donde iba pasando un grupo de niños de la calle mal llamados gamines, a los cuales reuní y les hice una función de títeres que yo tenía de Superman y un perro donde les mostraba que él era muy valiente pero que igual era muy tirano con su perro; cuando los niños ven que Superman estaba tratando mal al perro, ellos inmediatamente le comienzan a lanzar piedras y, aunque me lastimaron, fue algo interesante ver a los niños metidos en el papel indignados por el maltrato de Superman hacia el perrito, mientras la gente que iba pasando al principio creyó que me estaban lanzando piedras a mí, pero al percatarse de lo que realmente sucedía, intervinieron para calmar los ánimos; este tipo de anécdotas las tengo muy presentes, como otra que me sucedió en San José del Guaviare con una fábula llamada “el sapo sapote”, el cual era muy cruel con una hormiguita, donde al finalizar la función,  por medio de los títeres les preguntaba a los niños qué castigo debía recibir el sapo sapote, y ellos me respondían que lo matara, caso distinto sucedía en otra ciudad como Bogotá con la misma obra, donde los niños pedían otro tipo de castigo menos cruento para el sapo sapote, ahí comparé esas distintas realidades de ambas ciudades, la primera envuelta en guerra y total abandono por parte del estado, anécdotas no sólo para analizar en el campo artístico sino en el campo social y antropológico, por eso pienso que a las obras debería integrarse distintas profesiones, porque el arte cumple una labor social que muchos desconocen.

En la cuentería también hay un factor emocionante donde yo hago cuentos, historias, leyendas; yo me  meto donde hay abuelos, compartimos, les cuento cuentos y luego cuento lo que ellos me cuentan, eso es lo interesante, el poder interactuar con estas personas de la tercera edad y entrar en confianza, entonces diría que finalmente estas tres disciplinas son como tres hijos, las quiero de la misma manera aunque tengan distintas características; esa es la ventaja de ser uno integral y no ser exclusivo, que a las tres alimento, no tengo preferencias por una sola, son parte de mí, son mi supervivencia.

O.P: Dentro de estas disciplinas, quiénes te han inspirado a lo largo de tu trayectoria.

J.U: Respecto al tema de la cuentería han sido mis abuelos quienes desde pequeño me han contado historias, en las artes plásticas los pintores que mencioné con anterioridad, sus vidas y procesos creativos los he tomado de ejemplo. La fortuna que he tenido de alternar con poetas, con otros compañeros de teatro y haberme presentado en distintas funciones me ha inspirado mucho. A uno también lo inspira el público,  lo que hacen los demás, sin importar cómo lo hagan.

O.P: Teatro La Mueca, cómo nace y qué significa para ti.

J.U: Yo comienzo a experimentar con grupos de teatro en la Escuela Distrital de Teatro de Bogotá, allí nace la idea junto con otros compañeros de montar un grupo de teatro de títeres, justo donde quedaba un museo de cera el cual no cumplía ninguna función. Al salir a vacaciones dejamos todos los implementos allí, con la sorpresa de que al volver encontramos que las ratas se habían comido los títeres; con el tiempo nos fuimos olvidando de aquella escuela. Luego yo armo un grupo por mi cuenta, pero con el tiempo los integrantes se comienzan a ir y finalmente me quedo solo, a este proyecto le puse el nombre de “La Mueca”, lo llamé así porque había un actor de teatro y televisión muy conocido llamado Jorge Emilio Salazar, con quien anteriormente habíamos fundado un grupo teatral con el que llegamos a montar una obra que se llamaba La Mueca, ese mismo nombre le íbamos a poner al grupo pero finalmente nunca llegó a ser así, entonces decidí adoptar ese nombre para mi proyecto en solitario el cual funciona desde 1978 como Teatro Popular de Títeres La Mueca. La mueca es el gesto, el reflejo de las acciones que uno hace en rechazo, a favor, en contra, o de aceptar alguna cosa, esas acciones van acompañadas con el gesto, con la mueca; hay muecas agradables, muecas desagradables y, aunque muchos confunden a La Mueca con falta de dientes, en este caso no es así.

O.P: Joseph, además estuviste involucrado en la conformación de la casa cultural del sur de la ciudad. Cuéntanos sobre este tema.

J.U: La Casa del Sur está ubicada en un sitio abandonado que tenía la Secretaría de Salud, el cual era un centro de atención médica, el cual quedó vacío por la construcción del hospital del sur el cual es mucho más grande. Al quedar en total abandono, gracias a las políticas implementadas por Guillermo Alfonso Jaramillo de crear casas culturales en las diferentes comunas, Mauricio Rodríguez conocido como “pata flow” hace una propuesta al alcalde para que ese casa sea rescatada, entonces comienza a buscar a personas que tenemos procesos culturales en el sur, entre ellos Nanki Castro que hace teatro, Wilson Hernández e incluso a deportistas con los cuales se hace una gran asamblea donde nos propone que rescatemos ese lugar para crear allí la casa de la cultura. Al terminar la reunión todos aceptamos y comenzamos a organizarnos, entonces el alcalde nos dice que nos da la autorización para darle el uso debido, por lo que tuvimos que adecuar el lugar por nuestra cuenta, seguidamente iniciamos a dar talleres de teatro, pintura y diversos tipos de actividades, a partir de ese momento nace la casa de la cultura del sur. Nosotros tenemos una agenda cultural cada mes donde presentamos una serie de resultados en diferentes barrios para mostrar a la comunidad lo que estamos haciendo desde este espacio cultural.

En estos momentos no se han podido hacer actividades por la situación que se ha generados a partir del confinamiento, lo que no quiere decir que vayamos a entregar la casa, por el contrario, con la administración anterior rescatamos además un comedero que se encuentra al frente el cual estaba en total abandono, pero que usamos para la danza y el teatro exclusivamente al cual nosotros lo llamamos “el auditorio del cuerpo”. Por fuera yo tengo toda una instalación de 18 obras que están empotradas en la pared las cuales se encuentran sin protección, ni la alcaldía ni la gobernación me han respondido para darle protección a estas obras, ya que son delicadas y se encuentran a la intemperie. Es una donación que hago a la comunidad, al municipio y al departamento, pero los mandatarios actuales no se han dignado siquiera a recibirlas por la razón de que fue algo que se realizó terminando la administración anterior, lo que me parece un acto displicente por parte de ellos, ya que es algo más cultural que político. Nosotros estamos formados como mesa cultural, lo que quiere decir que somos un colectivo de artistas donde existen tres coordinadores, uno de teatro el cual lidera Nanki Castro, el de música a cargo de Mauricio Rodríguez y el de artes plásticas donde estoy yo, esa es la base para poner en marcha este espacio importante con el que cuenta el sur de Ibagué.

O.P: Ver una obra tuya tiene una particularidad muy marcada, ¿alguna técnica para lograrlo?

J.U: Principalmente los elementos que utilizo en mis obras provienen de la basura; lápices, marcadores, pinturas y todo tipo de materiales que me sirvan para tal fin. Mis obras generalmente están elaboradas a un solo tono, tienen esa particularidad, realizadas en técnica mixta a partir del uso también de la brea, de aceite quemado donde con otro tipo de sustancias extraigo los tintes. Esto es un proceso de muchos años de investigación, de estar indagando y practicando la técnica para que la obra logre una contundencia.

O.P: ¿Cómo haces para seguir remando contra la corriente en una sociedad que poco valora el arte?

J.U: Esa palabra de remar sí que es bien importante porque yo soy como de esa descendencia de pirata, remar contra la corriente en una sociedad que poco o nada valora el arte es complicado, a uno le toca hacer el papel de esos aguerridos pistoleros del oeste donde uno debe cargar con su arma, confiar en ella, ser muy rápido, tener unos pasos firmes y un gran valor sin importar los riesgos. Considero que el arte no es para uno enriquecerse, hace rato deseché ese pensamiento, además porque he tenido esa anacoreta, como un monje solitario que ve cómo los demás se preocupan por esas cosas de valor, cuando lo importante va más allá del dinero, es lo que uno pueda hacer y comunicar de la manera más insignificante, no se necesita una gran estructura, tener un gran montaje o la mejor estética, pero hacerlo de la manera en que ese mensaje quede en la memoria. Puede que me pase lo he ha sucedido con algunos artistas a lo largo de la historia, que después de que me haya ido de este mundo me recuerden con mucho cariño, yo creo que uno debe andar con paso firme y que esa arma que es el arte, se debe usar de la mejor manera y hasta el último momento.

O.P: Joseph, en las redes sociales a menudo recurres a denunciar actos infames de la sociedad como el maltrato animal y el abuso de algunas entidades y gobernantes, ¿Cuáles son las cosas que más te indignan?

J.U: La corrupción, los actos violentos, el maltrato, el desconocimiento de la naturaleza, de la importancia de los animales y de las funciones que ellos prestan al mundo. La corrupción es indignante, para mí es imposible que estamos en desgracia y que los corruptos se roben lo del pueblo, para mí la corrupción es la degradación máxima en el mundo, en este momento no hay políticos, lo que hay es un ente de corrupción cuya función se dedica al saqueo, al robo, al asesinato; personalmente pienso que es más relevante un movimiento guerrillero que un movimiento político, porque al menos en el fondo existe una causa política, mientras que en los movimientos políticos la causa es de corrupción, algo que verdaderamente me indigna, que no puedo soportar.

O.P: ¿El arte como herramienta de protesta?

J.U: El arte es el arma que tenemos a la mano, hacemos el papel de aquel vaquero que me referí anteriormente; el arte nos permite enfrentarnos a las injusticias, pero a la vez es una herramienta de trabajo que dignifica.

O.P: Los niños, ellos disfrutan con tu teatro de títeres. ¿Por qué son tan especiales para ti?

J.U: Los niños son un complemento de mi trabajo porque con ellos puedo de cierta manera mostrar esa parte que yo también tengo de niño; a través de los títeres puedo jugar con ellos, puedo dialogar con ellos, interactuar con ellos, entonces es un juego donde ellos se compenetran, pero sucede también con el público en general, destacando el caso de los adultos mayores. El público es el complemento del artista, si uno no tiene público no puede manifestar arte.

Foto Wilson Hernández

OP: Aparte del teatro y la pintura, qué otras disciplinas practicas.

J.U: Digamos que siempre le he dedicado tiempo a las disciplinas que ya todos conocen, pero alguna vez practiqué el atletismo y, aunque ya no lo hago, dedico un tiempo a rutinas de ejercicio, de calentamiento, de trote pero sin hacer otras cosas porque la verdad no me queda tiempo, esa es la razón principal, tal vez tenga lugar el hecho de que me gusta la poesía y el texto corto, algo que hago de vez en cuando, llegando a publicar poesía hace tiempo.

O.P: ¿Existe algo que hayas querido desarrollar al día de hoy?

J.U: Siempre pensé en algo espectacular para la cumbre de las montañas, que es una idea que tengo hace mucho tiempo de hacer un montaje con títeres gigantes sobre los vértices de las montañas frente a ese ciclorama que es el cielo donde muchas personas puedan observarlo, acompañado por una historia a lo largo de tres kilómetros de recorrido; eso es algo que siempre está en mi imaginación, no sé si algún día pueda observarlo o si podré desarrollarlo, pero es de esas cosas que hacen parte de mi frustración porque lo veo inalcanzable técnica y económicamente.

O.P: Joseph, ¿algo por decir a los artistas en general?

J.U: Los artistas no tenemos ningún tipo de apoyo, antes al contrario, nos han quitado facultades. Hoy en día estamos sujetos a becas de todo tipo, lo cual solo beneficia a unos cuantos artistas, ni siquiera en esta época de confinamiento donde en caso personal no he recibido ningún tipo de ayuda ni de la alcaldía ni de la gobernación. Si eso es que estamos pasando un caso urgente y las ayudas no se ven, imagínese la situación antes de todo esto y lo que será después de que la emergencia pase; en definitiva no existe apoyo al sector artístico ni existirá, porque la intención detrás de la denominada economía naranja es acabar con los artistas.

No sé qué decirle a los artistas más allá de un consejo, y es que no se dejen comercializar, no se dejen alienar, no se dejen vislumbrar por los centavos. Nosotros tenemos que ser más comprometidos en nuestra labor, en nuestra lucha la cual no es intestinal, va más allá del oficio que desempeñamos, nuestra lucha es por la gente, por el pueblo, por nuestro público, porque si no tenemos público, si no contamos con un aliado de qué nos sirve ser artistas, de qué nos sirve crear un producto si ese producto no nos acerca a un público; si la cuestión es de dinero, pues entonces el camino no está en el arte sino en la política, allá se consigue mucho dinero, sin querer decir que el arte no deba tener una retribución, pero que esta no debe pasar por encima de nuestro sueño, y nuestro sueño es el arte.

Participación de Joseph Urrego en el video realizado por FTZ para la convocatoria al Festival de Cine de San Bernardo

 

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